Los primeros pasos de la mañana eran los peores.
No un dolor de haberme golpeado. Un dolor de articulación que no quiere arrancar.
Me sentaba en el borde de la cama y esperaba. Movía la rodilla despacio, dos o tres veces, antes de apoyar el pie.
Y eso era antes de hacer cualquier cosa.
Bajar la escalera me tomaba el doble que a mi señora. De lado, agarrado del pasamanos.
Dejé de ir a la feria los domingos porque eran tres cuadras de vuelta cargando bolsas.
Me paraba de la silla apoyándome en los brazos. Tengo 61 años y me paraba como si tuviera 85.
En los asados me quedaba sentado. En el auto tenía que estirar la pierna cada veinte minutos.
Mi familia creía que era la edad.
Mi doctor creía que era la edad.
Yo empezaba a creerles a los dos.
Lo más frustrante era que hacía todo bien:
Tomaba el antiinflamatorio cuando dolía fuerte.
Bajé siete kilos porque me lo pidieron.
Hice las sesiones de kinesiología completas.
Y seguía despertando exactamente igual.
Gasté más de $400.000 en consultas, radiografías e infiltraciones que terminaban siempre en lo mismo.
"Es desgaste. A su edad es normal."
"Tome el antiinflamatorio cuando le moleste."
"Cuando ya no aguante, conversamos lo de la prótesis."
Me hacían sentir que no había nada que hacer.
Que solo quedaba aguantar.
Que el plan era esperar la operación.
Empecé a pensar que quizás así tendría que vivir el resto de mi vida.